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La palabra que nos falta

Nota editorial · Día Mundial de la Creatividad y la Innovación

Alerta Glaciar · 21 de abril de 2026

Hoy se celebra, por decisión de la ONU, el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación. Doce días atrás, el Congreso argentino sancionó una reforma que reduce la protección de los glaciares para facilitar inversiones mineras. Entre una cosa y la otra hay una pregunta que no es retórica: ¿para qué sirve la innovación cuando lo que está en juego es el agua?


Hay palabras que empiezan siendo útiles y terminan siendo sospechosas. "Innovación" es una de ellas. El 27 de abril de 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 21 de abril como Día Mundial de la Creatividad y la Innovación mediante la resolución A/RES/71/284. En los fundamentos, el organismo sostuvo que la creatividad humana y la innovación se habían convertido en "la verdadera riqueza de las naciones en el siglo XXI", y vinculó esa riqueza a los Objetivos de Desarrollo Sostenible: la erradicación de la pobreza, la igualdad, y —entre otros— la protección del agua y los ecosistemas estratégicos.


Nueve años después, en Argentina, la palabra pide ser mirada de cerca.

El 9 de abril de 2026, a las dos y media de la madrugada, la Cámara de Diputados sancionó la reforma de la Ley 26.639 —la Ley de Glaciares— con 137 votos afirmativos, 111 negativos y 3 abstenciones, tras una sesión de más de once horas. El texto aprobado redefine qué se considera glaciar, le quita carácter vinculante al Inventario Nacional elaborado por el IANIGLA, y transfiere a las provincias la decisión sobre qué cuerpos de hielo y qué zonas de periglacial conservan su protección. En el palco de la sesión estuvo la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei. Afuera del Congreso, activistas colgaban una pancarta entre las rejas.


El día anterior, y el siguiente, y el de hoy, la palabra "innovación" apareció en decenas de comunicados corporativos: minería moderna, tecnología responsable, inversión inteligente, desarrollo sostenible. Los proyectos mineros más grandes del país —Vicuña, Los Azules, El Pachón, Rincón— la usan para describirse a sí mismos. Los organismos del Estado también. Las oficinas de comunicación de las provincias con interés minero también. Es, por estos días, una palabra impecable: no quiere decir nada en particular, y por eso puede querer decir cualquier cosa.


Es contra ese uso que escribimos esta nota.


Innovar, para quienes hacemos periodismo ambiental en Argentina, no es una idea abstracta ni una bandera que se descuelga en la efeméride. Es una pregunta operativa: ¿cómo investigamos mejor lo que pasa? ¿Cómo leemos, antes de que se vote, un expediente que tiene miles de páginas? ¿Cómo cruzamos el listado de empresas adheridas al RIGI con las coordenadas del Inventario Nacional de Glaciares? ¿Cómo convertimos un informe técnico del IPCC en una pieza que una persona que nunca oyó hablar del periglacial pueda entender en siete minutos y compartir con otra que tampoco oyó hablar?


Esas preguntas no son nuevas. Lo nuevo es el escenario en el que se hacen.


Hoy existen herramientas que hace diez años no estaban al alcance de una redacción ambiental. Imágenes satelitales que permiten monitorear una cuenca cada cinco días. Modelos de aprendizaje automático capaces de detectar desmontes —como los que usa Fundar en su proyecto sobre el Chaco, o los que Greenpeace aplicó para documentar 119.886 hectáreas de bosque nativo perdidas en 2024 solo en el norte argentino—. Plataformas de procesamiento documental que pueden ordenar en minutos lo que a un equipo humano le tomaría semanas. Bases de datos abiertas, archivos legislativos digitalizados, inteligencia artificial generativa capaz de sistematizar audiencias, votaciones y cronologías.


Ninguna de esas herramientas, por sí sola, salva un glaciar. Ninguna reemplaza a la glacióloga que mide el frente del hielo con una libreta y un GPS. Ninguna reemplaza a la comunidad diaguita que conoce su cuenca mejor que cualquier satélite. Pero bien usadas, pueden hacer algo que hasta hace poco era estructuralmente imposible: permitir que la información llegue antes de la votación. No después.


Esa diferencia —antes o después— es todo.


La Ley de Glaciares llevaba, hasta el 9 de abril, quince años de ataques sistemáticos. No fue un ataque sorpresa. No fue un hecho inesperado. En el Coloquio de IDEA de octubre de 2025 la cúpula empresarial lo pidió en voz alta. En diciembre de 2025 el Poder Ejecutivo mandó el proyecto. En las semanas siguientes, más de 25 organizaciones de la sociedad civil publicaron un documento conjunto advirtiendo sobre las consecuencias. El director del IANIGLA, Pablo Villagra, expuso ante el Senado y dijo que la reforma significaba la pérdida de autonomía técnica del organismo. A la audiencia pública se inscribieron más de cien mil personas. Pudieron exponer doscientas cincuenta. La mayoría de quienes hablaron lo hicieron en contra.


Toda esa información existió. Estuvo disponible. Estaba documentada.


No alcanzó.


No alcanzó porque circuló dentro del círculo de quienes ya estaban atentos al tema: periodistas especializados, investigadores, militancia ambiental, legisladores de la oposición más activa. No llegó —o llegó tarde, o llegó mal traducida— al lector que nunca escuchó la palabra periglacial, que no sabe qué hace el IANIGLA, que jamás leyó un inventario, y que sin embargo depende del agua de deshielo tanto como cualquier otro habitante del oeste argentino. Cuando la reforma se votó, buena parte del país se enteró de que existía una Ley de Glaciares el mismo día que supo que la estaban reformando.


Ese es el punto exacto donde la palabra innovación deja de ser adorno y se vuelve tarea.


Porque la otra mitad del trabajo —la que no se resuelve con un buen modelo de lenguaje ni con una imagen satelital de alta resolución— es la mitad de la circulación. Y ahí entra la creatividad, pero entendida como otra cosa: no como estética, no como ornamento, no como recurso de marketing, sino como la capacidad de traducir sin banalizar. De hacer un mapa donde había una resolución administrativa. De hacer un hilo donde había un dictamen. De hacer una pregunta donde había una cifra muerta.

Esa creatividad tiene un requisito que los discursos corporativos suelen saltearse: la verdad. Uno puede hacer una infografía hermosa sobre un dato falso, y la infografía se viraliza igual. Uno puede escribir un hilo ingenioso sobre una cronología inventada, y el hilo funciona igual. La red no distingue. La red premia el ingenio, no el rigor. Si uno publica un cuadro bonito con una estadística errónea, el cuadro llega más lejos que el cuadro correcto.


Por eso, en Alerta Glaciar, la innovación en comunicación ambiental no se discute separada del método. Es exactamente al revés: solo tiene sentido como consecuencia del método. Declaramos qué herramientas usamos. Declaramos cuándo interviene la inteligencia artificial en nuestro proceso. Declaramos quiénes son nuestras fuentes. Declaramos qué no pudimos verificar. Cuando nos equivocamos —porque nos equivocamos—, lo decimos con la misma visibilidad con la que publicamos el error.

No lo hacemos por humildad. Lo hacemos porque en un momento donde la desinformación se produce a escala industrial, la transparencia sobre el método es lo único que diferencia al periodismo de cualquier otra cosa que también escribe oraciones.

Es cierto que la inteligencia artificial introdujo herramientas que aceleran el trabajo. Puede leer un dictamen legislativo en minutos. Puede cruzar bases de datos dispersas. Puede sistematizar votaciones. Puede acortar el tiempo entre que algo ocurre y que alguien lo puede contar con rigor. En un país donde el Estado no sistematiza la información ambiental que genera, y donde buena parte de lo que se publica no llega en formatos reutilizables, esa aceleración no es menor. Es la diferencia, en muchos casos, entre llegar antes o después de la votación.


Pero también es cierto que la inteligencia artificial tiene sus propios sesgos. Los tiene por diseño, por datos de entrenamiento, por lo que amplifica y por lo que silencia. Si una redacción ambiental deja que la IA decida qué es importante, termina reproduciendo los marcos de quienes tienen más datos en el entrenamiento. Y quienes tienen más datos son, casi siempre, las mismas corporaciones cuya operación se propone investigar. Un periodismo ambiental que confía ciegamente en el modelo termina narrando el extractivismo con las palabras del extractivismo.


Por eso la herramienta no es la respuesta. La herramienta es la herramienta.


La respuesta sigue siendo humana: qué mirás, qué omitís, a quién llamás por teléfono, con quién compartís el borrador antes de publicar, qué cruce te parece relevante y qué cruce descartás, qué parte de un informe citás y qué parte —porque la evidencia no la sostiene— decidís no citar. Esas decisiones no las toma un algoritmo. Las toma un editor. Las toma una redacción. Las toma una idea de para qué existe este medio.


Volvamos entonces a la fecha.


El 21 de abril, la ONU recuerda que la creatividad y la innovación no son adornos de la vida pública: son, potencialmente, herramientas para resolver los problemas más complejos del desarrollo sostenible. La palabra "potencialmente" es la que hace todo el trabajo. La creatividad puede ser ese recurso, o puede ser otra cosa. Puede servir para comunicar mejor una ley que protege el agua, o puede servir para diseñar el comunicado de prensa que anuncia su reforma. Puede servir para cruzar bases de datos que revelan un conflicto de interés, o puede servir para lavar, con gráficos limpios, una decisión regresiva.


No hay neutralidad en las herramientas. Hay usos.


En los próximos años, la Argentina va a discutir más reformas, más concesiones, más proyectos, más regímenes de incentivo. Algunos de esos debates ya están en curso. Otros empiezan mañana. Van a ocurrir en madrugadas de sesiones extraordinarias, en boletines oficiales publicados los viernes a última hora, en expedientes que nadie leyó entero, en actas que nadie sistematizó, en convenios provinciales que no aparecen en los diarios nacionales. El escenario es conocido. Lo que puede cambiar es nuestra capacidad de llegar a tiempo.


Ahí es donde la creatividad, la innovación y la inteligencia artificial tienen sentido para nosotros. No como celebración. No como marca registrada. No como panel en un foro corporativo sobre el futuro del trabajo. Sino como herramientas concretas, bajo criterio humano declarado, al servicio de una pregunta que no cambia: ¿qué está pasando con el agua?


Esa pregunta es tan vieja como la ley que se reformó. Tan vieja como el inventario que se debilitó. Tan vieja como el primer glaciólogo que midió un retroceso en la Cordillera. Y tan urgente como el hecho de que, en 2026, una buena parte del país todavía no sabe qué es lo que se está por perder.


Si la creatividad sirve para algo en este momento de la vida argentina, sirve para lo mismo de siempre: para que la información correcta llegue a quien tiene que llegar, antes de que la decisión ya esté tomada. Lo demás es decoración.

La verdad sobre los glaciares existe. Está medida. Está publicada. Está documentada. No alcanza.


Tiene que circular.


El equipo de Alerta Glaciares · 21 de abril de 2026

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